
Me siento en uno de los tantos bancos de la estación. Sopeso la posibilidad de llamarlo, pero quizás apago su teléfono al montar en el tren. —Debí ponerme otro abrigo—pienso un poco cabreada, por el frío que me pega de repente. El invierno sí que se hace notar. Miro hacia el piso y me cuesta respirar. Un periódico de hace tres meses descansa debajo de mis botas, y a pesar de lo mojado y sucio que está, leo perfectamente lo que dice el encabezamiento:
DEREK JOSH, DESAPARECIDO.
Aunque
no me dejo llevar por el recuerdo, pequeños e irregulares sollozos salen de mis
labios rojos. Lo extraño locamente. También siento una puntada de culpabilidad.
El día que desapareció se dirigía a mi casa, para celebrar nuestro aniversario
de cinco hermosos meses de relación. Nadie sabe que sucedió, así que
simplemente dejaron de busca con el tiempo. Escucho un silbido que me hace
salir de mi ensoñación. El tren de Harry ha llegado. Me apresuro a secar las pocas
lágrimas que se me han escapado y me levanto.
Harry
sale de tercero. Sonrío. Ha cambiado un montón en estos cinco años, que casi ni
le reconozco. El recoge su maleta y me saluda con la mano.
—
¡Tanto tiempo, Harry! Veo que ya no eres el mocoso que conocí.
El
ríe sin esfuerzo. –Y tú por lo contrario, sigues siendo una enana odiosa.
Pongo
los ojos en blanco y me dirijo hacia el auto que mis padres me han dejado por
esta semana. He logrado conseguir un permiso al menos. Aunque hay que
reconocer, que mis padres y la mayoría de las personas que me rodean, me han
estado tratando un poco diferente desde lo que ocurrió con Derek. Por esa
simple razón, no le diré nada a Harry. No me gustaría que me tuviera lástima.
—
¡Vaya! Este auto esta genial. ¿Es tuyo?
— ¿Estás
tonto? Claro que no, es de mi padre. Se han ido de vacaciones esta semana.
Cuando
terminar de montar su maletas, se acomoda en el asiento del copiloto al mismo
tiempo que yo sé siento a su lado. —No
sabía que estaríamos solos. Me gustaría haber saludado a mis tíos.
—No
es como si estuviéramos totalmente solos, Diana se queda por el día, que es la
ama de llaves. —respondo,
ignorando su último comentario.
No
hablamos mucho durante el camino, solo un montón de cosas sin importancia. El
había empezado la universidad hace poco en España, con el mejor promedio. No me
extrañaba, siempre había sido el nerd de la clase. También tenía un trabajo
como cocinero en uno de los restaurantes más prestigiosos de allí. Prometió
hacer su platillo especial en cuanto llegaran a casa. Ambos esquivamos un poco
el tema de la infancia, lo dejaríamos para más tarde, cuando estuviéramos tan
borrachos como para no recordar ni siquiera nuestros nombres.
— ¡Diana! —gritó en cuando atravesaron la puerta principal. No
hubo respuesta. Juro en voz baja. —Se
debe haber ido temprano hoy, mañana te la presento.
Harry
asintió, y miro cada extremo de la casa con asombro. —Pero que gustos tenéis vosotros. Tu casa es hermosa.
Yo
sonrío agradecida. Realmente no
congeniaba mucho con los gustos de sus padres por lo anticuados que eran, y la
decoración de la casa era una de las pocas cosas en las que habíamos logrado
ponernos de acuerdo. Mi mirada se dirigió a las escaleras, donde había un par
de fotos de Derek y yo divirtiéndose en
la finca de sus abuelos hace cuatro meses y medio. Palidecí, pero lo disimule muy
bien.
— ¿Quieres
esperarme en la cocina? Yo subiré tu maleta.
—
¿Necesitas ayuda con eso?
—No,
pero gracias.
Cuando
Harry desapareció por el umbral de la cocina, corrí a recoger las fotos y las escondí
en el armario de mi habitación. ¿Cómo podía haberlas olvidado allí? Si las
perdía, no me lo perdonaría. Eran las fotos más recientes que tenia con Derek, para
no decir las únicas. Coloque la maleta de Harry en la habitación de mis padres,
y dando un par de respiraciones tranquilas, bajé.
Harry
ya había empezado a cocinar. —Huele delicioso.
¿Pero no estás un poco cansado para cocinar? Puedes hacerlo más tarde, o
mañana.
—Prometí
hacerte mi especialidad en cuando llegáramos—Busco
un par de tomates en la nevera, y me miro algo apenado—Y la verdad…estoy un poco hambriento.
Reí
ante su expresión. —No hay problema.
—Te diré que. Para ponerme al corriente otra vez de tu vida y tú
de la mía, juguemos a las veinte preguntas, ¿te parece?
Me
senté en el sofá y lo mire con una ceja levantada. — ¿No es eso infantil para un universitario?
—Nunca
se es demasiado viejo para las veinte preguntas, Maya.
Cuando
mi nombre salió de sus labios, Me estremecí. El hacía que sonara hasta sexy. Quise
que lo volviera a hacer, pero en vez de eso le seguí el juego.
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